El dilema del bien común

Cerca de donde vivo hay una cancha de basketball y de papifútbol, afuera de la cual hay dos tubos para saciar la sed de los deportistas. El problema es que de ninguno de los dos sale agua. Sospechando que no se trataba de problemas de infraestructura pregunté a la administración y la respuesta fue: “la gente los dejaba abiertos, así que cortamos el suministro de agua”. Ahora no se desperdicia el agua, y los que vamos a jugar ahí, tenemos que cargar botellas de agua desde la casa.

La situación me hizo recordar otras que he visto desde que era adolescente. Como cuando en la universidad los baños no ponían jabón en los lavamanos porque la gente se los llevaba, o cuando en un trabajo dejaron de poner tés y galletas porque colegas anónimos saqueaban la cocina de empleados para llenar su despensa. Estos ejemplos parecieran responder al mismo principio según el cual me decía un amigo, en Costa Rica no podríamos tener autoservicio de periódicos como en otros países, donde uno paga con una moneda, se abre la compuerta y toma SOLO UN periódico. El principio al que se refería mi amigo es el siguiente:

Cuando un recurso es compartido, las personas tienden a abusar de él para beneficio individual.

Alguna vez ha estado en un buffet de auto-servicio y ha visto a las personas llenar el plato una y otra vez? La solución que algunos restaurantes implantaron para frenar el abuso fue el de solo permitir a los comensales servirse un solo plato. Lo cual derivó en torres de comida balanceándose sobre los platos y que en la mayoría de los casos, terminaba desperdiciándose porque en esas circunstancias, es común que tengamos los ojos más grandes que el estómago. Sin embargo, de alguna forma a las personas parecía no importarles el desperdicio porque después de haber pagado su cuota del buffet, el recurso (la comida) era compartido, y la misión parecía una carrera contra los demás. ¿La solución final? Ahora la mayoría de los buffet NO son de auto-servicio y queda a discreción del mesero servir porciones razonables  a los comensales. Ante el abuso, el control devino externo, al igual que los administradores de la cancha decidieron privarnos del agua.

El problema es que cuando el control se vuelve externo entramos en un esquema donde sufre el bien común. Claro, se logra detener el abuso de algunos, pero a costa del beneficio de todos los demás. Y entonces llegamos al dilema del huevo y la gallina: la gente abusa porque los recursos comunes son restringidos o las condiciones se vuelven restrictivas porque la gente abusa del recurso común? Es casi imposible determinar la dirección de la causalidad pero lo que sí es un hecho es que se refuerzan mutuamente en una espiral de desconfianza donde llegamos a baños con lavabos sin jabón.

Si dijéramos que en algún momento alguien intentó brindar el recurso común y fue posterior que vino el abuso, ¿cuáles serán las razones de las personas que se llevaban el jabón para la casa, que saqueaban la despensa del trabajo, que dejaban los tubos de agua abiertos? Algunos dirán que es necesidad; que eso no sucede en otros países porque la gente no tiene una necesidad económica tan grande. Sin embargo siempre me ha parecido una respuesta muy simplista. En juego, creo que hay dos fuerzas mucho más poderosas y que tienen que ver con la forma en que nos relacionamos dentro de la sociedad.

La primera tiene que ver con la capacidad para concebirnos como parte de un grupo. Aquí, los intereses del colectivo deberían sobreponerse a los individuales, aunque fuese por la conveniencia que nos trae asociarnos a otros. Sin embargo, culturalmente no es poco común que en Latinoamérica, el enfoque en la ganancia inmediata nos haga escoger la vía rápida de nuestro beneficio personal aún a costa del beneficio a largo plazo de generar lazos con los otros y beneficiarnos del esfuerzo colectivo. Esto sin embargo es una decisión, una que tomamos en cada momento en que tenemos esas pequeñas ventanas para transgredir la norma social en beneficio propio.

El segundo es el más primario quizá: es la medida en que cada miembro deposita confianza en el otro. Dado que no estamos hablando de la confianza en familia y amigos, esa confianza en extraños es bastante frágil, pero aún así, necesaria para funcionar en colectivo. El fenómeno de pánico bancario ilustra perfectamente cuán frágil es esta confianza y una apuesta a la norma social se desintegra en segundos ocasionando que cada uno corra por lo suyo. Los comensales que dejan sin comida a los demás en el buffet, o los que se llevan todos los periódicos con una monedita, son ejemplos del mismo fenómeno donde se transgrede lo social a cambio de una ganancia personal. Esta, también es una decisión, a veces de segundos.

Pensé en pedir a la administración que re-estableciera el agua en los tubos de la cancha; que confiara en nosotros los usuarios conscientes pero sólo imaginarme la conversación me ponía a dudar. Ahí estaría yo, abogando por el bien común en un escenario donde los beneficiarios de ese recurso compartido lo habían desperdiciado y abusado ya. ¿Debía entonces asegurarme primero que no habrían más abusos, para pedir nuevamente el depósito de confianza? ¿Cómo podría hacerlo?

Creo que cuando seguimos el principio de abusar un recurso común no lo hacemos necesariamente por necesidad o por maldad. Creo que lo que sucede es que no pensamos como esa pequeña transgresión deriva en situaciones donde todos perdemos. Sólo vemos la ganancia inmediata, calculamos el costo y actuamos sin pensar en el impacto sobre los demás y en el largo plazo. Y creo que por ahí va una posibilidad de solución: mostrar a las personas en el contexto en que se verán tentados a transgredir, las implicaciones de hacerlo. Así, pensé en un pequeño aviso que dijera: “Imaginá que esta agua la pagamos todos (porque en cierta forma es así). Usá sólo lo que necesitás”. O en un buffet, poner al inicio de la línea, una nota bien visible que dijera “Pensá en los que faltan por comer mientras te servís”. Las soluciones pueden ser tan elaboradas como uno se imagine, pero el punto sería el de ofrecer un pequeño empujón que haga pensar en el precio social que se paga al optar por la vía individualista.

Si de alguna forma nos sometemos a prueba pensando en el bien común y en el largo plazo a la hora de acceder a recursos compartidos, creo que la mayor parte de las transgresiones disminuirían. Gran parte de nuestras acciones cotidianas responden más a que no tomamos consciencia, más que a una intención deliberada. Pensemos en cómo podemos contribuir con restablecer la confianza y hace que ese control externo que vino a limitar el acceso ante los abusos se revierta, convirtiéndose en un control interno de cada uno de nosotros.

Bienvenidas ideas de cómo lograrlo.

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